Notas incómodas desde Corea del Sur para el debate colombiano
Por Sebastián Garaviño Ramírez, Presidente de la Red UNICOSSOL
Durante años, el cooperativismo ha sido presentado como una solución elegante a problemas estructurales: desempleo, precarización laboral, y exclusión social. Cuando estas promesas no se cumplen, el diagnóstico suele ser el mismo: «faltan leyes», «falta voluntad política», «falta apoyo estatal». La experiencia reciente de Corea del Sur, analizada en tres artículos científicos publicados en la revista Estudios Cooperativos, obliga a cuestionar esta narrativa complaciente. El problema del cooperativismo contemporáneo no es solo normativo: es profundamente político.
La Ley Básica de Cooperativas promulgada en Corea en 2012 es, en términos formales, una de las reformas más ambiciosas del cooperativismo reciente. Democratizó el acceso a la figura cooperativa, redujo barreras legales y permitió una rápida expansión organizativa. Sin embargo, como demuestra el primer artículo, el resultado fue un crecimiento cuantitativo acompañado de fragilidad estructural. Muchas cooperativas nacieron sin capacidades económicas, sin formación cooperativa y sin inserción en proyectos colectivos de largo plazo. La lección es brutalmente clara: una ley puede multiplicar cooperativas, pero no puede fabricar cooperativismo.
El segundo artículo introduce un desplazamiento aún más incómodo. El cooperativismo no debe evaluarse pro el número de organizaciones creadas, sino pro el tipo de trabajo que produce. En un contexto de precarización laboral generalizada, las cooperativas de trabajo y las cooperativas sociales coreanas muestran que es posible crear más empleo estable, democrático y con mayor protección social. Aquí emerge una verdad que incomoda tanto al mercado como al Estado: las cooperativas no solo crean empleo, crean poder laboral colectivo. Permiten a los trabajadores decidir sobre su tiempo, sus ingresos y sus condiciones de vida. Esa es su potencia real.
Pero el tercer artículo termina de desmontar cualquier ilusión reformista ingenua. Las cooperativas, incluso cuando generan buen empleo, no transforman la economía si permanecen aisladas. Sin intercooperación, sin redes económicas propias, sin estructuras de segundo nivel con capacidad real de coordinación y disputa, el cooperativismo queda reducido a una constelación de pequeñas unidades sobreviviendo en mercados hostiles. La cooperación entre cooperativas -ese principio tantas veces citado y tan pocas veces practicado- no es un ideal moral: es una condición material de supervivencia y de poder.
Leídos en conjunto, estos trabajos plantean una tesis que debería sacudir el debate académico y político: el cooperativismo no fracasa porque sea ineficiente, sino porque se le impide convertirse en sistema. Se le permite existir, pero no articularse; se le promueve, pero no se le dota de infraestructura económica; se le celebra, pero no se le deja disputar mercado, trabajo y política pública en serio. El resultado es un cooperativismo domesticado, funcional a la mitigación de la pobreza, pero incapaz de democratizar la economía.
Esta discusión es particularmente urgente en Colombia. El país exhibe una proliferación de cooperativas, asociaciones y organizaciones de la economía popular impulsadas por programas estatales, cooperación internacional y universidades. Sin embargo, el patrón se repite: muchas organizaciones, poco sistema. La fragmentación territorial, la débil intercooperación y la obsesión institucional por los indicadores de cobertura han producido un ecosistema asociativo frágil, dependiente y políticamente débil. Se crean organizaciones, pero no se construye poder colectivo.
La pregunta que Colombia debe hacerse -y que incomoda- no es si se necesita más cooperativas, sino si está dispuesta a permitir un cooperativismo que coopere, que dispute mercados, que genere trabajo digno y que construya economía propia. Sin intercooperación real, sin federaciones fuertes, sin políticas públicas orientadas a la articulación económica y no solo a la formalización, el cooperativismo seguirá siendo una promesa incumplida.
Corea del Sur no ofrece un modelo a copiar, pero sí una advertencia contundente: sin poder económico colectivo, el cooperativismo se convierte en retórica; con él, puede convertirse en alternativa. El dilema no es técnico, es político.
Nota al pie: Los argumentos presentados se basan en tres artículos recientes publicados en Korean Cooperative Studies Review (vol. 43, n° 3, 2025): Jang, J.-I., «Challenges and tasks of cooperatives for good Jobs», Lee, J.-H., «Performance and challenges of Korean cooperatives after the enactment of the Framework Act on Cooperatives»; y Kim, S.-G., & Lee, S.-H., «Cooperation and solidarity among cooperatives: An analysis of the foundations, operating conditions, and institutionalization process».